Parado,
En el borde
del acantilado,
Me sabía
acompañado,
Más me
sentí solitario.
Me reproché,
Debí haberle
enfatizado,
Requería su
presencia,
En el crucial
momento,
Cuando el martillo diera por finalizado el capítulo,
En el que
nunca hubiera querido haberme adentrado.
Sin
embargo,
Pensé que
las palabras,
No siempre
son necesarias,
Es que eso
tienen de lindo,
Los tiernos
saludos de cumpleaños,
Dichos ocasionales
saludos espontáneos,
Incluso en el
día prefijado,
Nos regocijan,
De un modo
inesperado.
No lo
ignoraba,
Del otro
lado,
La tierra
no estaba firme,
Aunque no
pude evitar sentirme desencantado,
Un pétalo el
lunes indicado,
Es más que diez
Jardines de Luxemburgo en un aniversario,
Tuve que buscar
consuelo en otro lado.
La situación
me tenía desolado,
Sumado al
viaje indeterminado,
Que mis
oídos no deberían haber escuchado,
El arpa de
mi sensibilidad,
Se había acallado,
El polvo
que levantó mi caída,
Me había
cegado.
Cuando los
pasadizos,
Me conducían
al corazón de la discordia,
Se me
apareció Edipo,
Me susurró que aún no había tragedia,
Tiró el cerrojo
que estaba en mi mano.
La historia
que no nos contaron,
Es que las
bonitas mariposas,
Al no hallar
el néctar anhelado,
Nos descienden
a un plano,
En el que,
con nuestro cetro,
Perseguimos una justicia,
Ante la cual
el propio Leviatán quedaría anonadado.
A tiempo,
Miré el
cantero adecuado,
Las flores que tanto anhelaba,
Pronto estarían arribando.