Juan caminó por las calles de su mente,
No sabía que hacer,
Pensó en lo que era,
En lo que podía dejar de ser,
En si su accionar podía quebrar su existencia,
Si, en algún momento,
Podría hablarse de un antes y un después.
Consideró que seguramente todo esto era un sinsentido.
Él era Juan,
Y esa persona dentro suyo siempre iba a ser Juan,
Pero... ¿Qué significaba eso?
Le parecía tan etérea la idea de Juan,
¿Existía Juan?
Todo lo que creía saber de él,
En el fondo,
Partía de sus ideas,
Tal vez también de su impresión sobre los dichos de
los demás.
¿Podía ser acaso que él fuera diferente?,
¿Qué tal si su idea de él estaba tan poco anclada en la realidad como
los colores?,
Los que creemos que son propiedades de las cosas,
Pero que se deben a esa caprichosa longitud de onda
que percibimos.
Juan se dijo a sí mismo que los griegos se equivocaron,
No había materia o principio elemental,
Siguiendo a Descartes,
Somos los Sujetos que nos pensamos.
De hecho, para Juan eso tenía sentido,
La gente,
Tan parecida la una a la otra,
Actúa distinto porque piensa diferente,
Cree en algún valor o idea,
Y obra en su vida siguiendo ciertos criterios,
Unos que son tan ciertos como falsos,
Porque hay tantas vidas como formas de vivirla.
Aunque las ideas también podían ser fugaces,
Siempre lo había sorprendido lo fácil que era auto justificarse,
Basta con darse una explicación razonable,
Y ¡pum!,
Actuamos sin seguir los criterios de validez de alguna
norma moral o ética,
Una que hace cinco minutos parecía definirnos.
¿Por qué será que la gente acepta algo como verdad?,
¿Se cuestionarán quién son de tanto en tanto?,
¿O podría ser que en realidad somos una amalgama de concepciones contradictorias?,
Que, por más que creamos lo opuesto,
No hay una armónica figura en nuestro rompecabezas,
Sino muchas,
Aunque las piezas no encajen,
Nos constituyen a la vez.
Juan se percató que siempre le dio terror la idea vivir como un zombie,
Siguiendo algún guion que alguien escribió,
Porque dicen que adaptarse es humano,
Que en un momento,
Nos vemos tentados a rendirnos,
A dejar de buscar,
Y, al final,
Tal como los cuerpos físicos,
Por la inercia nos dejamos llevar.
Juan reflexionó,
¿Qué le aportaba el nihilismo?,
Ese en el vivamente había descendido,
¿Qué hacía ahora?
Tomó conciencia que, aún sin la cohesión que anhelaba,
Con su propia guía contaba.
Respiró profundamente,
A fin de cuentas,
Puede ser que eso sea todo lo que importara.
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