Mientras uno camina,
Por senderos que se bifurcan,
A veces el destino que escribimos nos sonríe,
Dibuja lienzos en el que copas y platos tintinean,
Otras no nos deja dormir,
Mientras nuestras tribulaciones,
Tal pájaros carpinteros,
Calan en lo más profundo de nuestro ser.
De todas formas,
Dos más dos no son siempre cuatro,
Nuestro sentir,
Cómo un caleidoscopio,
No es dualista,
Escuché que alguna vez,
En una misma casa,
Un duelo doloroso convivió con una loca algarabía.
Robinson Crusoe,
En sus aventuras,
Fue el ser ideal que a todo se sobrepuso,
Aunque nunca un amigo perdió ni ganó,
Quizás su peor perdición.
Venció a los desafíos más esquivos,
Más no tuvo ni supo de que se tratan,
Esas noches de confesiones,
De voces calmadas,
De corazones abiertos,
En donde se retira el velo,
Para mostrar la caja de Pandora,
Que habita dentro nuestro.
No vivió qué sucede,
Cuando encallamos,
Cuando nuestros cuervos internos revolotean,
Y recibimos la bocanada de aire divino,
Mediante una extraña alquimia,
Combinando palabras, risas, abrazos,
En ocasiones,
Lagrimas incluso.
Luego de sus hazañas,
Una vez que se acallaba la adrenalina,
Se apoderaba de la isla el silencio,
La bella indiferencia de la naturaleza,
No es rival,
A la presencia de ese otro,
Con el que compartimos lo que somos.
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