Cuando leemos una novela,
Nos adentramos en otra dimensión,
De tiempos y contratiempos,
Una signada por la aventura,
Y sus asociados desafíos.
En ellas,
Ni las soñadas epopeyas,
Del otrora perdedor,
Devenido ganador,
Suelen ser eminentemente lineales.
Antes del triunfo,
Se necesita del suspenso,
De que el ascenso,
Uno tan deseado como merecido,
Se realice,
Más luego de que el lector transpire su camiseta,
Al dudar de la justiciera concreción,
Del devenir del ficticio actor.
Sorprende entonces,
Que en nuestras propias historias,
Abracemos nociones ilusorias,
Carentes de virajes o desencantos,
Creyendo que los planes esbozados,
Deberían seguir el camino esperado.
Suena falaz el cuento,
Ese que dice que la modernidad ha acabado,
Si aún creemos que si no subimos bajamos,
A los sótanos de la felicidad nos confinamos.
El quid de la cuestión,
Acaso puede no ser el circunstancial resultado,
No será que con nuestros supuestos,
Que al ver las ‘historias’ de otros reafirmamos,
Agravamos nuestro estado,
Embarrándonos por un presente,
Que simplemente devino,
De una manera diferente a la que planeamos.
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