Pareciera que hace miles de años,
Un tal 3 de enero,
caminaba por la calle Arcos...
Bajo el refulgente sol de enero,
Las hojas de los árboles convocaron mi atención.
Me acuerdo como si fuera ayer,
“¿Son más verdes que antes?”, me pregunté,
Hace tiempo que no las miraba así,
Con tal detenimiento.
Una leve sonrisa se dibujó en la comisura de mis labios,
Me sorprendí de volver a encontrarme en ese lugar,
Que no habitaba hace tiempo.
Caí en que, pasadas veinticuatro horas de verte,
Quería compartir mi tiempo con vos de nuevo.
Hay encuentros que se dibujan con el más inesperado de los pinceles,
Y, parafraseando a Kafka,
Nos sacuden como un hacha que rompe el mar de hielo que llevamos dentro.
Tres momentos bastaron,
Tu frescura sincericida,
Espíritu dinámico,
Más esa tierna sonrisa,
Me desarmaron.
Dieron vuelta el eje de un reloj,
Que aparentaba estar calibrado a la perfección.
Qué difícil es hacerse entender ante otro, ¿no te parece Ailu?
Que pueda comprender qué pensas(te) y qué sentís(te),
Sin malentendidos.
Siendo un anecdótico amor de verano,
Nada podría haber sido mejor,
Los impedimentos más notorios,
Se esfumaban uno a uno en el aire,
El vértigo aceleraba nuestras pulsaciones,
Y nos sumergía en un atractivo ensueño.
Ante la suspensión de mi partida,
Por un instante escapé,
A un mundo de lectura y mates compartidos,
De atardeceres y sonrisas al unísono,
Un paraíso temporal,
Para escapar del vendaval,
Al que la existencia muchas veces nos expone.
Pasado un tiempo,
Ya establecido en Buenos Aires,
Entendí que esa historia,
Que podría haber sido una incógnita,
Para esas charlas de verano,
Cuando se recorren esos caminos que no se han transitado,
Se volvió terrenal.
No lo escondí, la transición me costó.
Esa famosa metáfora de las vacaciones,
No era más que una ilusión,
Construida para aceptar mi cotidianeidad,
Verte era un hecho ocasional.
Los elementos,
Antes tan alineados,
Se volvieron en nuestra contra.
Mi futuro,
Cortó nuestras las alas.
El ajetreo de tu presente,
Presentó una potente fuerza,
El magnetismo de nuestra piel,
Era repelido por una discontinuidad tal,
Que, más allá de las palabras,
De esas eternas mañanas,
Orbitabas fuera de mi alcance,
La excepcionalidad era la regla.
La nueva temporada,
Fue de encuentros y desencuentros.
Finalmente,
Ante la partida del gran pez,
Los días de marea baja,
Dejaron al descubierto la desnudez de la playa.
Era momento de barajar,
Dar de nuevo,
Asimilar la enrevesada realidad,
Soltar el peso.
El egoísmo de mi voluntad,
Acabaría cediendo,
Nuestros caminos se cruzaron,
Una linda historia me llevo.